Días atrás y por obra del silencio, un atardecer se convirtió en un momento que recordaré para siempre.Estaba yo sentada en un escaño bajo los árboles, en el campo de unos amigos, justo a la hora en que la luz comienza a declinar y los pájaros buscan refugio en el follaje para pasar la noche.
Lo primero que percibí fue un aumento notorio de los cantos y ruidos que los pájaros hacían. Me los imaginaba acomodándose entre las ramas, buscando el lugar preciso para dormir, moviéndose un poco a ciegas quizás, en un concierto de gorjeos y alas que batían el aire para acurrucarse unos junto a otros, o bien para disputar una posición o un refugio.
Fue entonces que descubrí el milagro: no había brisa, no había nada salvo los cantos y los ruidos que fueron desapareciendo lentamente hasta quedar la noche en absoluto silencio. Luego, de tanto en tanto, surgían pequeños gorjeos, algunas alas agitándose escasamente entre las ramas. Y nuevamente el silencio.

Fue impresionante. Me descubrí tratando de ampliar mi capacidad de oír. No quería perderme ningún ruido entre los árboles, por pequeño que fuera. Y de verdad creo que lo conseguí. Luego de unos minutos me sentía capaz de detectar el menor de los sonidos en esa atmósfera dulce y oscura de silencio que la noche, esa noche, me regalaba por casualidad.
Fue cuando comprendí que sonido y silencio no son cosas opuestas, sino más bien un todo capaz de mostrarse tal cual es gracias a la delgada línea de nuestra sensibilidad.
Como ya se imaginarán, hoy escucho la música de un modo diferente, cada nota me parece entrelazada con la pausa de silencio que la precede y que la sigue, como un ave que abraza el silencio de la noche con sus alas y me obsequia sin saberlo con su canto de dormir.


