jueves, 20 de noviembre de 2008

Escuchando el silencio

Días atrás y por obra del silencio, un atardecer se convirtió en un momento que recordaré para siempre.

Estaba yo sentada en un escaño bajo los árboles, en el campo de unos amigos, justo a la hora en que la luz comienza a declinar y los pájaros buscan refugio en el follaje para pasar la noche.
Lo primero que percibí fue un aumento notorio de los cantos y ruidos que los pájaros hacían. Me los imaginaba acomodándose entre las ramas, buscando el lugar preciso para dormir, moviéndose un poco a ciegas quizás, en un concierto de gorjeos y alas que batían el aire para acurrucarse unos junto a otros, o bien para disputar una posición o un refugio.
Fue entonces que descubrí el milagro: no había brisa, no había nada salvo los cantos y los ruidos que fueron desapareciendo lentamente hasta quedar la noche en absoluto silencio. Luego, de tanto en tanto, surgían pequeños gorjeos, algunas alas agitándose escasamente entre las ramas. Y nuevamente el silencio.
Fue impresionante. Me descubrí tratando de ampliar mi capacidad de oír. No quería perderme ningún ruido entre los árboles, por pequeño que fuera. Y de verdad creo que lo conseguí. Luego de unos minutos me sentía capaz de detectar el menor de los sonidos en esa atmósfera dulce y oscura de silencio que la noche, esa noche, me regalaba por casualidad.
Fue cuando comprendí que sonido y silencio no son cosas opuestas, sino más bien un todo capaz de mostrarse tal cual es gracias a la delgada línea de nuestra sensibilidad.

Como ya se imaginarán, hoy escucho la música de un modo diferente, cada nota me parece entrelazada con la pausa de silencio que la precede y que la sigue, como un ave que abraza el silencio de la noche con sus alas y me obsequia sin saberlo con su canto de dormir.